5 emociones fundamentales. La tristeza

Actualizado: 17 de nov de 2019


Esta emoción se da por la pérdida de algo o de alguien, y puede ir cambiando de ligera a profunda según sea el vínculo que hayamos mantenido con qué o con quién hayamos perdido.


Vale la pena recordar que las emociones son diferentes a los sentimientos ya que estos últimos surgen cuando involucramos nuestros pensamientos, por ende la sensación de tristeza no sólo se reduce a la pérdida real, sino que en ocasiones también incluye la pérdida de la ilusión que algo hipotético nos generaba y que el hecho de no haberlo conseguido hace también que esta prolifere como un sentimiento en nosotros.


La tristeza a nivel físico se siente como un dolor general en el cuerpo y se caracteriza por una falta de energía, ya que este dolor nos paraliza y nos hace sentir que perdemos la fuerza. Esto no es bueno ni malo, de hecho la tristeza contribuye a que con la pérdida de energía logremos soltar aquello que ya no está con nosotros en vez hacernos luchar por ello.


En otros casos, la tristeza puede tomar parte en nuestras vidas a través de pensamientos irracionales mantenidos por un periodo de tiempo. Por ejemplo, el hecho de tener expectativas demasiado elevadas frente a una situación, una posición pesimista frente a la vida, falsas esperanzas, sentimiento de culpa o de frustración, entre otros, generalmente desencadenan en tristeza. En estos casos es importante comprender que estos pensamientos negativos no se ajustan a la realidad, como primera medida para canalizar esta emoción.

Otro aspecto de la tristeza es que, en vez de ser superada, muchas veces se enquista en nuestra vida diaria y puede verse transformada de una tristeza inicial generada por el duelo, a un sufrimiento prolongado, con el que la persona que lo sufre se autoflagela constantemente mediante un dialogo interno que se repite como una forma de encadenarse a ese dolor.


Frases muy comunes como: “si yo fuera”, “si yo pudiera”, “jamás podré salir de esta situación”, “soy lo peor”, “todo lo peor me pasa a mí”, “no voy a poder con esto”, “esto es culpa mía”, “no valgo para esto”, etc., hacen que la herida duela aún más. En ese caso, la tristeza pasa de ser un sentimiento para desahogarnos, hacer una pausa y ayudarnos a recobrar las energías, a reavivarse en nosotros cada cierto tiempo, convirtiéndose en una tristeza reactiva.


Además de lo anterior existe también la depresión endógena, que se genera por desequilibrios neuroquímicos, con lo que se hace totalmente imprescindible consultar con un profesional de la salud en caso de experimentar una tristeza prolongada y un estado de profunda apatía, ya que estos desequilibrios pueden ser controlados con medicación recetada por un psiquiatra y en lo posible también resulta útil alternarlo con terapia psicológica.


Tanto la tristeza como la depresión tienen consecuencias, tanto en el carácter de una persona como en su aspecto físico. Este último punto lo abordaremos próximamente en el blog.


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